Mostrando entradas con la etiqueta Margarita Rodríguez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Margarita Rodríguez. Mostrar todas las entradas

lunes, 4 de junio de 2012


LA PLAZA
Bajo un centenario nogal, dos hippies casi tan añosos como el árbol, con sendas panzas cerveceras, trenzan pulseritas de colores. Al lado, una pila desprolija de musculosas y remeras estampadas con imágenes de artistas otrora famosos. Conjuntos y solistas que cada tanto desempolvan sus apolillados instrumentos y, en un emocionado “revival” se encuentran después de no haberse visto las caras por más de cuarenta años. Pero siempre hay un público que los sigue y no se conforma con evocarlos a través de un aparato generoso que ya sea, en imagen o sonido los remonta a sus épocas de oro.
El secreto de esa época radicaba en que todo era nuevo y revelador, sorprendiendo a los sentidos al tocar las fibras más íntimas de nuestra esencia. La revelación era parte esencial del crecimiento. ¡Todo era tan natural! Pasado el tiempo, al querer revivir con nostalgia (siempre se tienen veinte años en un rincón del corazón) se nota, no sin cierta desilusión, que nos empecinamos en ignorar que lo que en su momento fue miel para los oídos, suena con voz metálica, chirriona y más aguda de lo que la recordábamos. Tal es el entusiasmo por volver el tiempo atrás que creemos reconocer en esas cintas en blanco y negro (generalmente bajadas de You tube) pantalones Oxford a mil rayas naranjas, amarillas y verdes, camisas de solapa ancha bordadas color te y distintos tonos de violetas fundiéndose en espirales psicodélicos.
Ya no es el encanto de la verdad revelada en bandas sonoras, sino la ilusión de querer revivir en la nostalgia sensaciones únicas e irrepetibles. Pero, como Heráclito supo discernir “Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”. No contentos con eso, esperamos verlos otra vez “en  concierto”, como si esas caras apergaminadas, manos callosas, melenas pajizas y voces cascadas, que hace décadas olvidaron su repertorio en el desván, nos pudieran transportar a la fuente de la eterna juventud.
Pero volviendo a la escena de la plaza y haciendo un paneo con la mirada, se pueden descubrir otras escenas tan curiosas como la anterior. Una hermana latinoamericana con su guagüita convenientemente dormida a toda hora del día, ofrece un escaparate donde los corpiños alternan con cabezas de ajo y bolsitas de orégano. Demostrándonos con su sabiduría ancestral que el erotismo y la gastronomía son dos armas poderosas a la hora de la seducción, siendo una dupla indisoluble e indispensable.
Como en la plaza cada quien atiende su juego, a los inspectores de tránsito les importa un rábano cuando un grupo de motoqueros se detiene a exhibir sus tuneadas y cromadas máquinas sobre el césped, y toman cerveza directamente del pico de la botella, empinando sus poderosos codos, mientras enseñan   desnudos y tatuados bíceps y demás músculos del brazo. Los agentes del orden están cual aves rapaces al acecho y Walkie Tallckie en mano, prestos a acarrear vehículos mal estacionados, por más que el infractor cruce corriendo del kiosco de enfrente haciendo señas como el penado catorce y diciendo “ya me voy, ya me voy”. A esta altura lo único que le queda es treparse de un salto  mientras la grúa pone el  vehículo en dos ruedas y gritar “¡Esto es un secuestro!”.
Mamás y papás con niñitos de jardín, a juzgar por sus pintorcitos a cuadrillé, abriéndose paso entre un grupo de adolescentes con mochilas que disimuladamente comparten un porro.
Señoras pitucas tomadas “de bracete”, a quienes el humo de la marihuana se les cuela por el batido, pero ajenas a todo lo que las rodea, convencidas de que están viviendo tiempo de descuento. Ellas, al contrario que los rockeros, no necesitan revivir el pasado en el que, por supuesto, todo era mejor, ya que lo tienen petrificado en sus peinados con spray  y sus blusas de yabot tiesos por el almidón.
Por suerte en la plaza también hay parejas de enamorados, sentadas a horcajadas en los bancos, tomados de las manos y comiéndose con las miradas. Entre susurros y mohines se besan, se acarician, se vuelven a besar. Besos en presente, besos de aquí y ahora. Besos de no me importa quién sos ni a dónde vas, en todo caso te acompaño y vamos juntos.
Mientras existan estos besos de enamorados solo por hoy, en la plaza y en la vida siempre habrá un mañana.
Margarita Rodríguez

sábado, 28 de abril de 2012


TRES CORAZONES

Gonzalo despertó temprano esa mañana, la noche anterior había dejado el bolso preparado en el living. Encendió el televisor, preparó el desayuno, puso en la mochila los lentes, la cámara de fotos y el celular. Mientras tomaba el café se enteró del estado del tiempo y del tránsito. Los días anteriores, la autopista estuvo congestionada a causa del recambio turístico, pero el domingo pintaba tranquilo, por lo menos para la ida. Cerró el departamento de Núñez con llave, se dirigió a la cochera, puso el Gol en marcha y partió hacia Gessell. Allá lo esperaban sus amigos.
Guadalupe ayudaba a sus padres a terminar de empacar, acomodó los alfajores en un bolso. Estaba bronceada y con el ánimo renovado después de unos días  espléndidos en Mar del Plata. Lamentó no poder disfrutar de unas horas más de la playa. Es que el lunes debía rendir un examen muy importante, por eso decidieron partir temprano. La ruta estaría congestionada por ser domingo y el trayecto a Resistencia era muy largo. Revisaron el departamento por si quedaba algo sin guardar, bajaron los bolsos y subieron a la Ford Ranger. Ella se acomodó atrás con su hermano.
Facundo dispuso las últimas cajas de huevos en el piso de la chata. También la máquina que le había encargado su padre para reparar, quien lo esperaba en el pueblo. Ya había hecho dos viajes y luego de este, pensaba dejarle la camioneta y quedarse en la casa de su novia. Esa noche de carnaval había baile en el pueblo. Apuró el último mate que le alcanzó su madre y se despidió. El sol brillaba bien alto en el cielo. Al acercarse a la ruta un monte de álamos le daba la bienvenida con su sombra bienhechora,  y apretó el acelerador para ganar tiempo.
El encuentro fue terrible. El micro que precedía a la Ranger pasó a escasos  segundos por la intersección. Otro auto que iba a la par de ésta, del lado de la banquina, salió de la ruta con una brusca maniobra, pero la Ford no pudo evitar la colisión y ambos vehículos, en un abrazo infernal fueron arrastrados hasta la mano contraria en el momento exacto en el que el Gol aparece, incrustándose de lleno contra la puerta lateral de la chata.
La madre de Matías rezaba arrodillada en la capilla de una clínica de Mendoza. Las horas de su hijo estaban contadas. Dado los últimos desenlaces, los médicos pidieron al INCUCAI que lo colocaran primero en las listas de emergencia. Ella no sabía si al día siguiente vería a su hijo con vida. En la semipenumbra del recinto, una voz en su interior le decía que para todo siempre hay una víspera. El sonido del celular la abstrajo de sus oraciones. En la tenue luz de la pantalla leyó: “Un corazón para Matías ya está en vuelo hacia Mendoza”.

Margarita Rodríguez

jueves, 12 de abril de 2012

COLOR CARBÓN

El carbón había impregnado su piel. Había penetrado por los poros y llegado hasta la sangre a través de los vasos capilares. Una vez en el torrente principal, cientos, miles, tal vez millones de partículas negras eran transportadas por ésta y depositadas en cada uno de los órganos que formaban su cuerpo. Así día tras día, año tras año a lo largo de toda una vida.

Poco a poco fueron invadiendo y reemplazando otras sustancias del cuerpo cómo células y fluidos. Cómo es propio a su naturaleza estas partículas se fueron fusionando, lo que terminó finalmente con su vida después de haber transformado todo el cuerpo.

Murió de pie, trabajando en la mina, medio inclinado hacia adelante. Lo sacaron entre cuatro pero no pudieron enderezarlo. El problema era que no podían ponerlo en ningún ataúd porque al estirarlo se quebraba. Notaron que en esa posición era muy resistente.

Finalmente lo llevaron a la plaza del pueblo y con él hicieron el monumento al minero. Todo el pueblo festejó.

Margarita Rodríguez