Un taller que funciona en una Biblioteca Pública con gente sensible.
jueves, 12 de abril de 2012
Hoy comenzamos un nuevo ciclo del Taller Literario. Quiero expresar mi alegría por el reencuentro (aunque algunos integrantes seguimos viéndonos y produciendo durante el receso), darle la bienvenida a los nuevos compañeros y agradecer a Julio, el profe, por la buena onda. Espero que sea un año muy provechoso para todos y que este blog se colme de textos nuevos para que podamos disfrutar de la lectura. Ahora ¡A trabajar!
sábado, 3 de diciembre de 2011
Sin mañana
Lo molesto ocurre al comienzo. Los familiares alborotan todo en el preciso momento que uno ansía y alcanza la tranquilidad. Felizmente en ese mismo instante nos separa de la vida un velo de apretada trama y un cristal más duro que el acero. Desde el otro lado contemplamos las últimas imágenes de, la vida, que se desvanecen como sombras y humo. Un fogonazo gris se traga a los que lloran y rezan. Ya estoy muerto y mi última imagen del mundo de los vivos es la de ese joven desconocido que vi asomado en la puerta de mi dormitorio. Simplemente un intruso que miró con ansiedad y conmiseración al moribundo. Ese gesto se instala en mí, se identifica conmigo. Comprendo que ese desconocido que me observa detrás de toda mi familia soy yo mismo. Es él quien siempre me siguió paso a paso, y me espió día y noche. Ahora se instala en mí. En el momento de morir soy como un guante vacío, que se inmoviliza y enfría. Entonces una mano se introduce para darle nueva vida. Ya no somos dos, sino uno solo. Ahora soy ese otro que nunca conocí. Y ya es tarde para encontrarle cualquier semejanza. Lo tengo dentro de mí. No tiene rostro. Yo tampoco lo tengo. Estamos uno dentro del otro. Tensos y reposados, esperamos la partida. Igual que en un avión. A través del duro cristal y del tupido velo observamos las sombras del mundo de los vivos. Siguen acumulando flores, llantos, palabras y más palabra. Yo veo a través de los ojos del otro, y el otro mira a través de mis ojos. A ambos nos sorprende esa desesperada e inútil dispersión de gestos y más gestos. Me domina el orgullo de estar muerto y creo que la expresión de mi máscara no lo disimula.
En esta última espera me acompañan jirones de recuerdos. Surgen como pantallazos en blanco y negro. Pues detrás del apretado velo y el duro cristal dejamos colores y sonidos. Ahora las imágenes son esencias y símbolos: no necesitan palabras. Podemos saltar con la velocidad de la luz y alcanzar cualquier imagen de las millones que dejamos como una estela en nuestro paso por la tierra. Muchos muertos vuelan y de pronto quedan inmovilizados, aferrados en el duro cristal que separa los dos mundos. Permanecen fascinados ante una imagen, hasta que se desvanecen en ese espacio sin tiempo. Son seres que no vivieron plenamente en la vida, y que tampoco se realizan como muertos. Mientras me conducían al cementerio los he visto debatiéndose como moscas contra el cristal que nos separa de los vivos. También alcancé a ver los barrios opacos de mi ciudad, el hormiguear de los hombres, el tedio de las calles iguales. Un recorrido parecido al que se cumple para llegar al aeropuerto de Ezeiza, un paseo aburrido que invita a viajar pronto y muy lejos.
A través del duro cristal me llegaba la confusa imagen de algún rostro familiar. En especial mi mujer y mi madre trataban de traspasarlo. Adiviné sus presencias, sin lograr verlas. Esto también me hizo recordar el aeropuerto, cuando el avión se dispone a partir, y los que quedaron se despiden agitando los pañuelos, pero ya sin saber quienes son y a quienes saludan. Entonces la corta espera se hace tan fastidiosa, hasta que el avión parte, o el ataúd es depositado en la fosa, y al fin comienza el viaje, y se tiene la suerte de hendir el mundo sobre el cielo y bajo la tierra.
Percibo una vibración intensa, como la de una turbina de avión. Yo y el otro, los dos dentro del ataúd, iniciamos el viaje con un arranque de inaudita velocidad. Ya estamos a muchos kilómetros del espeso velo y el duro cristal. Atravesamos océanos, continentes, mundos. No me separo de ese otro que llevo adentro. Imposible saber si viajamos por el centro de la tierra o por los espacios cósmicos. Hendimos las tinieblas en una línea recta, como un tren subterráneo que nos llevase a las antípodas. A veces el viaje se matiza con sorpresivas eclipses. Reconozco la curva ascendente del subte de Buenos Aires al pasar la estación Alberti en la línea A, y vuelvo a recorrer la línea D cuando se tuerce graciosamente entre Tribunales y Callao. De repente iniciamos un recorrido vertical, y caemos como plomo en un pozo que abarca el mundo entero.
No sé si el ataúd se deslizó un par de centímetros, o bien terminábamos de recorrer años luces en la galería. Lo cierto es que dominó la seguridad de haber llegado. Todo estaba absurdamente quieto, como cuando despertamos en un tren y lo encontramos detenido. Entonces me incorporé. Me resultó muy fácil subir a la superficie.
Salgo a la luz y me encuentro en el cementerio. Ya no veo el velo espeso. Comprendo que ese viaje cuya duración no puedo estimar me ha vuelto a situar al otro lado del cristal. Ahora no sólo reconozco los detalles de mi tumba, sino que a una distancia de cincuenta metros diviso el regreso del cortejo que me acompañó hasta mi última morada. Pero mi última morada es el universo que ahora crece y también se empequeñece en nuevas dimensiones. De un solo impulso estoy encima del cortejo. Los contemplo uno a uno: insignificantes y lamentables como todos los vivientes.
Vuelo hasta mi casa, y ahí los sorprendo en mi velorio. Me molesta el olor de las flores. Entro entonces en mi dormitorio y allí estoy agonizando. Salgo a la calle y me veo andando en mi último paseo. ¡Cómo estoy avejentado! Nunca me di cuenta de ello. Salto pues al parque de Palermo y me veo pedaleando en mi bicicleta de media-carrera. ¡Qué joven soy! Pero jamás tuve conciencia que era joven. Nunca pensé en mí, sino en el maldito mañana. ¿Por qué? Se lo pregunto a quien llevo conmigo, y ese otro me lo pregunta a mí. ¿Por qué? En la vida no hice otra cosa que esperar mañana, ese cáncer del mundo de los vivos. ¿Qué es el mañana? Se lo pregunto al otro, lo grito al viento, y el viento lo ulula al mundo. ¿Qué era ese mañana que devoró mi vida? Aquí nadie lo sabe. ¡No existe mañana en el mundo de los muertos! Solamente hay un presente tenso como un cable de acero que sujeta todo el universo.
Ahora me resulta fácil conocer el pasado, esa secreción de los hombres, una baba ligeramente fosforescente que dejan en su arrastrada y engañosa marcha. No necesito escuchar sus voces. Veo por transparencia como los muerde la angustia del tiempo. Realmente no deseo reencarnarme en ninguno de esos desdichados. Prefiero elegir a uno para liberarlo de ese maldito mañana, un guante vacío donde introducirme, y conmigo ese otro, que a su vez lleva otro y otro dentro de sí, seres que nunca nos conocimos en el Reino de la Dispersión y somos Uno en el negro diamante del presente infinito.
En esta última espera me acompañan jirones de recuerdos. Surgen como pantallazos en blanco y negro. Pues detrás del apretado velo y el duro cristal dejamos colores y sonidos. Ahora las imágenes son esencias y símbolos: no necesitan palabras. Podemos saltar con la velocidad de la luz y alcanzar cualquier imagen de las millones que dejamos como una estela en nuestro paso por la tierra. Muchos muertos vuelan y de pronto quedan inmovilizados, aferrados en el duro cristal que separa los dos mundos. Permanecen fascinados ante una imagen, hasta que se desvanecen en ese espacio sin tiempo. Son seres que no vivieron plenamente en la vida, y que tampoco se realizan como muertos. Mientras me conducían al cementerio los he visto debatiéndose como moscas contra el cristal que nos separa de los vivos. También alcancé a ver los barrios opacos de mi ciudad, el hormiguear de los hombres, el tedio de las calles iguales. Un recorrido parecido al que se cumple para llegar al aeropuerto de Ezeiza, un paseo aburrido que invita a viajar pronto y muy lejos.
A través del duro cristal me llegaba la confusa imagen de algún rostro familiar. En especial mi mujer y mi madre trataban de traspasarlo. Adiviné sus presencias, sin lograr verlas. Esto también me hizo recordar el aeropuerto, cuando el avión se dispone a partir, y los que quedaron se despiden agitando los pañuelos, pero ya sin saber quienes son y a quienes saludan. Entonces la corta espera se hace tan fastidiosa, hasta que el avión parte, o el ataúd es depositado en la fosa, y al fin comienza el viaje, y se tiene la suerte de hendir el mundo sobre el cielo y bajo la tierra.
Percibo una vibración intensa, como la de una turbina de avión. Yo y el otro, los dos dentro del ataúd, iniciamos el viaje con un arranque de inaudita velocidad. Ya estamos a muchos kilómetros del espeso velo y el duro cristal. Atravesamos océanos, continentes, mundos. No me separo de ese otro que llevo adentro. Imposible saber si viajamos por el centro de la tierra o por los espacios cósmicos. Hendimos las tinieblas en una línea recta, como un tren subterráneo que nos llevase a las antípodas. A veces el viaje se matiza con sorpresivas eclipses. Reconozco la curva ascendente del subte de Buenos Aires al pasar la estación Alberti en la línea A, y vuelvo a recorrer la línea D cuando se tuerce graciosamente entre Tribunales y Callao. De repente iniciamos un recorrido vertical, y caemos como plomo en un pozo que abarca el mundo entero.
No sé si el ataúd se deslizó un par de centímetros, o bien terminábamos de recorrer años luces en la galería. Lo cierto es que dominó la seguridad de haber llegado. Todo estaba absurdamente quieto, como cuando despertamos en un tren y lo encontramos detenido. Entonces me incorporé. Me resultó muy fácil subir a la superficie.
Salgo a la luz y me encuentro en el cementerio. Ya no veo el velo espeso. Comprendo que ese viaje cuya duración no puedo estimar me ha vuelto a situar al otro lado del cristal. Ahora no sólo reconozco los detalles de mi tumba, sino que a una distancia de cincuenta metros diviso el regreso del cortejo que me acompañó hasta mi última morada. Pero mi última morada es el universo que ahora crece y también se empequeñece en nuevas dimensiones. De un solo impulso estoy encima del cortejo. Los contemplo uno a uno: insignificantes y lamentables como todos los vivientes.
Vuelo hasta mi casa, y ahí los sorprendo en mi velorio. Me molesta el olor de las flores. Entro entonces en mi dormitorio y allí estoy agonizando. Salgo a la calle y me veo andando en mi último paseo. ¡Cómo estoy avejentado! Nunca me di cuenta de ello. Salto pues al parque de Palermo y me veo pedaleando en mi bicicleta de media-carrera. ¡Qué joven soy! Pero jamás tuve conciencia que era joven. Nunca pensé en mí, sino en el maldito mañana. ¿Por qué? Se lo pregunto a quien llevo conmigo, y ese otro me lo pregunta a mí. ¿Por qué? En la vida no hice otra cosa que esperar mañana, ese cáncer del mundo de los vivos. ¿Qué es el mañana? Se lo pregunto al otro, lo grito al viento, y el viento lo ulula al mundo. ¿Qué era ese mañana que devoró mi vida? Aquí nadie lo sabe. ¡No existe mañana en el mundo de los muertos! Solamente hay un presente tenso como un cable de acero que sujeta todo el universo.
Ahora me resulta fácil conocer el pasado, esa secreción de los hombres, una baba ligeramente fosforescente que dejan en su arrastrada y engañosa marcha. No necesito escuchar sus voces. Veo por transparencia como los muerde la angustia del tiempo. Realmente no deseo reencarnarme en ninguno de esos desdichados. Prefiero elegir a uno para liberarlo de ese maldito mañana, un guante vacío donde introducirme, y conmigo ese otro, que a su vez lleva otro y otro dentro de sí, seres que nunca nos conocimos en el Reino de la Dispersión y somos Uno en el negro diamante del presente infinito.
Bernardo Kordon
lunes, 14 de noviembre de 2011
La patada
Juan Germelli subió del subterráneo en la estación Pasteur, compró "El
Laborista", echó una ojeada al almacén de comestibles de la esquina
—¡pero mire que les da por comer cosas raras a estos rusos!— y
enderezó su acompasado taconeo por Pasteur derecho, rumbo a la
Facultad.
Lavalle, Tucumán, Viamonte, Córdoba, Paraguay.
Pensar que hace seis meses casi no conocía por ese barrio. ¡Pero ahora!
¡Como para no conocer! ¡ Como para no saberse casi de memoria el
nombre de todos los boliches de esas cinco cuadras!
El aire fresco de la mañana lo despejó del sueño. Entonces, el ritmo de
su paso se hizo más ágil y un tanto más canyengue y empezó a silbar un
tango audazmente desfigurado por trinos y firuletes.
—Córdoba. La que viene. Ahí está el Instituto de Neurología. ¿Qué
hora es? Las siete menos cuarto. Hoy voy a ser de los primeros.
Subió de un salto los tres escalones de la puerta y se fue derecho a mesa
de entradas. Saludó a la enfermera que, como ya lo conocía, le dio
número para el doctor Zabala Ruiz sin preguntarle nada. Número
cuatro. ¡No te digo! Hoy me voy temprano a casa.
Los pasillos del hospital ya estaban repletos de gente. Sentados, parados, recostados contra la pared, mujeres con pibes en la falda o en los
brazos. Juan los miró de reojo mientras se dirigía al consultorio del
doctor Zabala Ruiz por el pasillo de la izquierda.
Llegó a la puerta, en cuya parte superior y sobre un rectángulo de
vidrio esmerilado se veía escrito con letras azules: Electroterapia. El
único banco del estrecho pasillo ya estaba ocupado por esa señora que
viene con el pibe de Mataderos, otras dos mujeres que no conocía y el
viejito español de la operación en la cabeza.
—Buen día, señora. Vamos a tener un día bravo, ¿eh?
Y Juan se acomodó contra la pared, observando concienzudamente el
labrado de sus zapatos negros. La señora de Mataderos lo miraba con
ganas de conversar. Muy gaucha esa señora; cuando Juan vino por
primera vez al Instituto, ella ya hacía tiempo que se hacía este viajecito
desde Mataderos, tres veces por semana, con el pibe de cuatro años en
los brazos. Parálisis infantil. Juan recuerda aquella mañana que
jugando con el pibe —un morocho delgadito, de ojos muy
vivarachos— entró en conversación.
Recuerda cuando la señora le contó, detenidamente, como hacían
todos, la aparición de la enfermedad. —Un resfrío, sabe, nada más que un resfrío. El siempre fue muy sanito.
Y un poco de fiebre, eso, apenas un poco de fiebre y nada más. Y un
buen día, las dos piernitas flojas, así como ahora. ¡Lo hemos llevado de
tantos médicos! ¡Usted no sabe!
Y recuerda cuando a su turno él también contó lo suyo. Le gustaba
hablarle a esa señora que lo escuchaba con una atención seria y
concentrada.
—Parálisis del nervio cubital, ¿sabe? Es el nervio que viene por aquí.
Toda esta parte de la mano, ¿ve?, uno ni la puede mover. Un accidente,
claro. Y Juan le contó con detalles lo del accidente, exagerando aquí,
simplificando allá, acompañándose con justos ademanes, en un deseo
inconsciente de dar mayor vida a su relato o hacerlo más importante.
—Yo venía por Nazca. Como quien va para el centro, ¿no? Iba con la
bici y llevaba dos caños de una pulgada al hombro. Bueno, llego a José
Cubas, lo más tranquilo, ¡mayo qué iba a pensar! Y ¡zás!, un camión
con acoplado que se me viene encima. Yo me pude esquivar, pero los
caños pegaron en el acoplado y me tiraron al diablo. De la fractura curé
bastante rápido y la herida casi ni se nota, ¿ve?
Y Juan, con su gesto habitual, se remangó parsimoniosamente el brazo,
desabrochó el puño de la camisa y con el índice de la mano izquierda
siguió el serpenteo rosáceo de su cicatriz.
Después, mientras se abrochaba el puño y daba unos tironcitos cortos a
la manga para volverla a su sitio, dijo muy serio y casi como si hablara
consigo mismo:
—Y ahora, ahí tiene, parálisis del nervio cubital.
Recuerda cómo la señora le preguntó con sincera curiosidad por su
trabajo, y entonces Juan, ingenuamente, simplemente, le fue contando
todo su gran problema.
—¿Mi trabajo? Yo soy tornero, ¿sabe? Antes trabajaba en una fábrica.
Pero ahora trabajo por mi cuenta. ¡Mire si no es andar con yeta!
Cuando me agarró el acoplado hacía tres meses justos que trabajaba
por mi cuenta. Tres meses justos que había comprado el tornito
mecánico. Un tornito flor, muy buena marca; lo compré a plazos, claro,
y lo pensaba pagar con el trabajo. Y ahora, ¡como para trabajar con esta
mano! Algo se puede hacer, pero muy poco. Diga que alguna plata
tenía ahorrada y lo pude seguir pagando. ¡A duras penas, pero lo seguí
pagando hasta el mes pasado, que si no! Pero ahora no sé cómo me voy
a arreglar. Para peor el tiempo que uno podía aprovechar en ir haciendo
algo, tiene que perderlo así, ¿ve?, con estos plantones que uno se agarra
cada vez que viene para el tratamiento eléctrico.
Las ocho y media; el pasillo se va llenando cada vez más. Juan oye al
viejito español de la operación en la cabeza contar las alternativas de su
enfermedad y su famosa operación. Sólo escucha algunas palabras
aisladas que son las mismas de siempre y, después, a su lado, el
infaltable comentario.
—Sí, tenía un tumor en el cerebro. Una operación muy difícil. Lo operó
el doctor Martínez. Es jovencito, ¡pero tiene una mano!
Hace calor. Juan, que ya ha leído el diario, camina a lo largo del pasillo
hasta el hall de entrada. Dos enfermeras chacotean con ese empleado
que una vez le hizo apagar el cigarrillo; un pibe llora
desconsoladamente en los brazos del padre que lo pasea. Pasa un médico y una mujer sale del grupo en que se encontraba para correr
detrás de él; al fin lo alcanza cuando está por entrar a una sala; no
escucha a la mujer, pero observa su mirada anhelante, su gesto en
tensión; toda ella parece una pregunta, una sola pregunta. Ve cómo el
médico la palmea confianzudamente y escucha un sonoro y
pretendidamente paternal "mijita", que resuena durante un momento en
todo el hospital.
Juan vuelve a su puesto detrás de la puerta con letras azules. Llega
alguien y le pregunta por el doctor Zabala Ruiz. Él, como viejo de la
casa, informa con detalles.
—Sí, es aquí. Tendría que venir a las nueve, pero nunca empieza a
atender antes de las diez y media. Usted tiene que venir a sacar número
más temprano; después de las ocho no dan más números. No, ¡y sin
número no lo va a atender! —Busca la confirmación de sus palabras en
los cuatro o cinco que tiene más cerca y la opinión es unánime:
—Sin número no lo va a atender. —El hombre se va, y entre los que
quedan se inicia una conversación.
Conversar. Eso es lo único que se puede hacer allí.
Conversar de cualquier cosa. Conversaciones en voz baja, como las de
los velorios, cortadas de súbito por el paso de un médico o de una
enfermera. Conversaciones interminables en las que cada uno esconde
su nerviosidad, su miedo, su aburrimiento.
El calor se hace sofocante. Juan se abanica con el diario, como hacen
todos. Se siente medio mareado. De hambre, de cansancio, de estar allí
esperando, esperando siempre, en ese pasillo lleno de hombres y
mujeres cansados y aburridos como él.
Le había dicho a Nélida que iba a ir más temprano. Sí, temprano, ¡estoy
listo que voy a ir temprano! Pobre Nélida. ¡Qué changa se fue a agarrar
cuando se casó conmigo! Recuerda aquella mañana cuando en el
camioncito de su cuñado trajeron el tornito flamante. ¡Qué contenta
estaba Nélida! ¡Y eso que ni la miraban cuando les alcanzaba el mate,
de puro emberretinados que estaban con el nuevo chiche! ¡Pobre
petisa! ¡Quién le iba a decir que tendría que volver a la fábrica! ¡Si me
da una bronca!
Y Juan se descubrió dando un puñetazo contra la pared del pasillo. Para
disimular se fue de nuevo hacia el hall, como si fuera a mirar la hora.
—Diez menos cuarto. ¿Por qué no vendrá más temprano este coso?
Eso es lo que yo quisiera saber.
Pasó frente a un espejo y casi sin darse cuenta se quedó mirándose. Se
tocó la barba, que no se había afeitado en dos días, la cara demacrada,
ojeroso, la frente transpirada, el traje arrugado... ¡Qué pinta de croto!
Justo como para hacer de croto en una película.
Una enfermera de trasero imponente pasó al lado suyo protestando a
los gritos, y desapareció en una sala dando un tremendo portazo.
Juan seguía elucubrando. —Bueno, pero yo no soy el único que tiene
pinta de croto. Si uno se pone a mirar a la gente. Aquel que está al lado
de la columna, aquellos sentados en la escalera. Los únicos que no
tienen pinta de croto, al final son los de guardapolvo blanco. Las diez menos cinco. Y yo que podía estar haciendo algo en casa. La
fábrica de bicicletas me pidió cuarenta pedales para fin de mes. Claro
que no los voy a poder hacer todos. Pero al menos, los pocos que haga
son unos pesos más que entran...
Juan, que vio cómo se llevaban a una mujer descompuesta, volvió a
sentirse mareado, le transpiraban las manos. Se sentía mal —en serio
que se sentía mal—. Para tranquilizarse se puso a releer la página de
deportes, artículo por artículo. Cuando terminó llevó maquinalmente la
vista hacia el gran reloj de la entrada. Las diez y trece minutos.
Juan veía todo como lejano y borroso. El murmullo apagado del hospital, el vaivén incesante de diarios y sombreros usados como abanicos,
la conversación de piso a piso y a los gritos entre dos enfermeras, el
paso olímpico y silencioso de algún médico, todo se perdía en medio de
esa niebla cálida que lo envolvía.
Dio un cabezazo como para disipar el sueño y siguió caminando por el
hall. Justo al pasar frente al espejo estaba bostezando y eso le dio risa.
—Qué pinta de croto— repitió entre dientes y se encaminó de nuevo al
consultorio del doctor Zabala Ruiz.
En la pared no había ni lugar para apoyarse y se quedó ahí parado,
mirándose los zapatos y contando por centésima vez los agujeritos del
labrado.
La mujer de Mataderos tenía al pibe dormidito en la falda y lo abanicaba con papel. ¡Pobre señora, los líos que debía tener en la casa! Sabía
que tenía otro hijo más chico, al que dejaba con una vecina, y que su
marido (metalúrgico o ferroviario, no se acuerda bien) llegaba a
mediodía con el tiempo contado para calentarse la comida y salir de
nuevo al trabajo.
Juan tiene ganas de hablarle, de consolarla —qué sé yo—, pero se
siente raro, como incapaz de decir y hacer cosas sensatas.
Un enfermero pasa golpeando las manos y grita: —¡Dejen el pasillo
libre, por favor!— Todos y Juan entre ellos se arriman lo más que
pueden contra la pared, durante unos segundos, hasta que el enfermero
se va.
Humillado. Esa es la palabra, se siente humillado.
Qué saben éstos todo lo que el tiempo significa para él, para esa señora,
para todos los que están allí esperando desde hace cuatro horas, achicados y humillados como él. A ver, ¿por qué hay que sacar número
antes de las ocho si el doctor aparece a las diez y media? A ver, ¿por
qué? ¿Por qué lo menosprecian así? ¿Por qué no entienden nada estos
tipos? ¿Por qué lo tutean? Eso, ¿por qué tutean los médicos a todo el
mundo como si estuvieran hablando con criaturas o con perritos? ¡Le
da una rabia cuando lo tutean!
¡Y este calor! ¿Por qué los médicos parecen todos limpios y fresquitos
como si recién salieran del baño, como si jamás hubieran tenido que
pasarse una mañana de pie frente a la puerta de un consultorio de
hospital, como si todos los problemas del mundo resbalaran impotentes
sobre sus biabas de gomina y sobre sus cuellos inmaculados?
¡Qué calor! Juan se da cuenta que está pensando pavadas. El hambre
quizás. O el calor. ¡Porque hace un calor! De pronto mira hacia el extremo del pasillo y ve que se acerca un
médico. No, por lo jovencito más bien parece un practicante. Es alto,
grueso, impecable. El guardapolvo pulcramente almidonado y aun
desprendido —es evidente que acaba de llegar— ondula con la gracia
de un peplo. Camina a pasitos cortos y mirándose los botones del puño
que se viene prendiendo con elegante negligencia. El cigarrillo que
cuelga de sus labios inunda el pasillo con un aroma nuevo y agradable.
Un Dios eso es lo que parece—, un Dios homérico, marchando
incontaminado y etéreo sobre las miserias de los mortales.
Ahora lo tiene de espaldas, ahí a dos pasos. Los pliegues del guardapolvo se mueven como invitándolo y Juan ya no sabe lo que hace...
Una patada. Una patada irreprochable se estampa una cuarta por
debajo del almidonado cinturón del médico. Una patada, no con la
punta del pie, no de puntín, digamos, sino con todo, con punta, planta y
talón, con todo el pie, con toda la rabia, con toda la humillación
juntada en esos meses de hospital, con todos los viajes desde
Mataderos de esa pobre mujer que lo mira asustada, con toda la fuerza
de su ser manoseado, empobrecido en esas esperas absurdas. Una
patada, en fin, de esas que sólo se ven en los sueños y en los dibujos de
las historietas: olímpica y perfecta.
El médico, rojo de asombro primero y luego de, santa indignación, se
levantó del suelo como para echársele encima.
Juan lo vio, percibió el remolinear de la gente en torno suyo, oyó una
voz pidiendo socorro y en cuatro zancadas se escurrió por el pasillo en
busca de la salida. Bajó de un salto los escalones de la puerta y a paso
rápido tomó por Pasteur.
El corazón le latía con fuerza. Al llegar a Córdoba y ver que nadie lo
seguía, disminuyó el ritmo de su marcha. Su taconeo resonaba nítido y
alegre por las veredas de los boliches que ahora lo saludaban como
viejos amigos.
En Lavalle se paró frente a un quiosco, en donde un viejito judío despachaba cigarrillos. —¿Me da un Particulares livianos, abuelo?
Y después, marcando su paso con un taconeo más canyengue que
nunca y silbando un tango audazmente desfigurado por trinos y
firuletes, se coló por la escalera del subte, rumbo a Villa Devoto.
Humberto Constantini
Laborista", echó una ojeada al almacén de comestibles de la esquina
—¡pero mire que les da por comer cosas raras a estos rusos!— y
enderezó su acompasado taconeo por Pasteur derecho, rumbo a la
Facultad.
Lavalle, Tucumán, Viamonte, Córdoba, Paraguay.
Pensar que hace seis meses casi no conocía por ese barrio. ¡Pero ahora!
¡Como para no conocer! ¡ Como para no saberse casi de memoria el
nombre de todos los boliches de esas cinco cuadras!
El aire fresco de la mañana lo despejó del sueño. Entonces, el ritmo de
su paso se hizo más ágil y un tanto más canyengue y empezó a silbar un
tango audazmente desfigurado por trinos y firuletes.
—Córdoba. La que viene. Ahí está el Instituto de Neurología. ¿Qué
hora es? Las siete menos cuarto. Hoy voy a ser de los primeros.
Subió de un salto los tres escalones de la puerta y se fue derecho a mesa
de entradas. Saludó a la enfermera que, como ya lo conocía, le dio
número para el doctor Zabala Ruiz sin preguntarle nada. Número
cuatro. ¡No te digo! Hoy me voy temprano a casa.
Los pasillos del hospital ya estaban repletos de gente. Sentados, parados, recostados contra la pared, mujeres con pibes en la falda o en los
brazos. Juan los miró de reojo mientras se dirigía al consultorio del
doctor Zabala Ruiz por el pasillo de la izquierda.
Llegó a la puerta, en cuya parte superior y sobre un rectángulo de
vidrio esmerilado se veía escrito con letras azules: Electroterapia. El
único banco del estrecho pasillo ya estaba ocupado por esa señora que
viene con el pibe de Mataderos, otras dos mujeres que no conocía y el
viejito español de la operación en la cabeza.
—Buen día, señora. Vamos a tener un día bravo, ¿eh?
Y Juan se acomodó contra la pared, observando concienzudamente el
labrado de sus zapatos negros. La señora de Mataderos lo miraba con
ganas de conversar. Muy gaucha esa señora; cuando Juan vino por
primera vez al Instituto, ella ya hacía tiempo que se hacía este viajecito
desde Mataderos, tres veces por semana, con el pibe de cuatro años en
los brazos. Parálisis infantil. Juan recuerda aquella mañana que
jugando con el pibe —un morocho delgadito, de ojos muy
vivarachos— entró en conversación.
Recuerda cuando la señora le contó, detenidamente, como hacían
todos, la aparición de la enfermedad. —Un resfrío, sabe, nada más que un resfrío. El siempre fue muy sanito.
Y un poco de fiebre, eso, apenas un poco de fiebre y nada más. Y un
buen día, las dos piernitas flojas, así como ahora. ¡Lo hemos llevado de
tantos médicos! ¡Usted no sabe!
Y recuerda cuando a su turno él también contó lo suyo. Le gustaba
hablarle a esa señora que lo escuchaba con una atención seria y
concentrada.
—Parálisis del nervio cubital, ¿sabe? Es el nervio que viene por aquí.
Toda esta parte de la mano, ¿ve?, uno ni la puede mover. Un accidente,
claro. Y Juan le contó con detalles lo del accidente, exagerando aquí,
simplificando allá, acompañándose con justos ademanes, en un deseo
inconsciente de dar mayor vida a su relato o hacerlo más importante.
—Yo venía por Nazca. Como quien va para el centro, ¿no? Iba con la
bici y llevaba dos caños de una pulgada al hombro. Bueno, llego a José
Cubas, lo más tranquilo, ¡mayo qué iba a pensar! Y ¡zás!, un camión
con acoplado que se me viene encima. Yo me pude esquivar, pero los
caños pegaron en el acoplado y me tiraron al diablo. De la fractura curé
bastante rápido y la herida casi ni se nota, ¿ve?
Y Juan, con su gesto habitual, se remangó parsimoniosamente el brazo,
desabrochó el puño de la camisa y con el índice de la mano izquierda
siguió el serpenteo rosáceo de su cicatriz.
Después, mientras se abrochaba el puño y daba unos tironcitos cortos a
la manga para volverla a su sitio, dijo muy serio y casi como si hablara
consigo mismo:
—Y ahora, ahí tiene, parálisis del nervio cubital.
Recuerda cómo la señora le preguntó con sincera curiosidad por su
trabajo, y entonces Juan, ingenuamente, simplemente, le fue contando
todo su gran problema.
—¿Mi trabajo? Yo soy tornero, ¿sabe? Antes trabajaba en una fábrica.
Pero ahora trabajo por mi cuenta. ¡Mire si no es andar con yeta!
Cuando me agarró el acoplado hacía tres meses justos que trabajaba
por mi cuenta. Tres meses justos que había comprado el tornito
mecánico. Un tornito flor, muy buena marca; lo compré a plazos, claro,
y lo pensaba pagar con el trabajo. Y ahora, ¡como para trabajar con esta
mano! Algo se puede hacer, pero muy poco. Diga que alguna plata
tenía ahorrada y lo pude seguir pagando. ¡A duras penas, pero lo seguí
pagando hasta el mes pasado, que si no! Pero ahora no sé cómo me voy
a arreglar. Para peor el tiempo que uno podía aprovechar en ir haciendo
algo, tiene que perderlo así, ¿ve?, con estos plantones que uno se agarra
cada vez que viene para el tratamiento eléctrico.
Las ocho y media; el pasillo se va llenando cada vez más. Juan oye al
viejito español de la operación en la cabeza contar las alternativas de su
enfermedad y su famosa operación. Sólo escucha algunas palabras
aisladas que son las mismas de siempre y, después, a su lado, el
infaltable comentario.
—Sí, tenía un tumor en el cerebro. Una operación muy difícil. Lo operó
el doctor Martínez. Es jovencito, ¡pero tiene una mano!
Hace calor. Juan, que ya ha leído el diario, camina a lo largo del pasillo
hasta el hall de entrada. Dos enfermeras chacotean con ese empleado
que una vez le hizo apagar el cigarrillo; un pibe llora
desconsoladamente en los brazos del padre que lo pasea. Pasa un médico y una mujer sale del grupo en que se encontraba para correr
detrás de él; al fin lo alcanza cuando está por entrar a una sala; no
escucha a la mujer, pero observa su mirada anhelante, su gesto en
tensión; toda ella parece una pregunta, una sola pregunta. Ve cómo el
médico la palmea confianzudamente y escucha un sonoro y
pretendidamente paternal "mijita", que resuena durante un momento en
todo el hospital.
Juan vuelve a su puesto detrás de la puerta con letras azules. Llega
alguien y le pregunta por el doctor Zabala Ruiz. Él, como viejo de la
casa, informa con detalles.
—Sí, es aquí. Tendría que venir a las nueve, pero nunca empieza a
atender antes de las diez y media. Usted tiene que venir a sacar número
más temprano; después de las ocho no dan más números. No, ¡y sin
número no lo va a atender! —Busca la confirmación de sus palabras en
los cuatro o cinco que tiene más cerca y la opinión es unánime:
—Sin número no lo va a atender. —El hombre se va, y entre los que
quedan se inicia una conversación.
Conversar. Eso es lo único que se puede hacer allí.
Conversar de cualquier cosa. Conversaciones en voz baja, como las de
los velorios, cortadas de súbito por el paso de un médico o de una
enfermera. Conversaciones interminables en las que cada uno esconde
su nerviosidad, su miedo, su aburrimiento.
El calor se hace sofocante. Juan se abanica con el diario, como hacen
todos. Se siente medio mareado. De hambre, de cansancio, de estar allí
esperando, esperando siempre, en ese pasillo lleno de hombres y
mujeres cansados y aburridos como él.
Le había dicho a Nélida que iba a ir más temprano. Sí, temprano, ¡estoy
listo que voy a ir temprano! Pobre Nélida. ¡Qué changa se fue a agarrar
cuando se casó conmigo! Recuerda aquella mañana cuando en el
camioncito de su cuñado trajeron el tornito flamante. ¡Qué contenta
estaba Nélida! ¡Y eso que ni la miraban cuando les alcanzaba el mate,
de puro emberretinados que estaban con el nuevo chiche! ¡Pobre
petisa! ¡Quién le iba a decir que tendría que volver a la fábrica! ¡Si me
da una bronca!
Y Juan se descubrió dando un puñetazo contra la pared del pasillo. Para
disimular se fue de nuevo hacia el hall, como si fuera a mirar la hora.
—Diez menos cuarto. ¿Por qué no vendrá más temprano este coso?
Eso es lo que yo quisiera saber.
Pasó frente a un espejo y casi sin darse cuenta se quedó mirándose. Se
tocó la barba, que no se había afeitado en dos días, la cara demacrada,
ojeroso, la frente transpirada, el traje arrugado... ¡Qué pinta de croto!
Justo como para hacer de croto en una película.
Una enfermera de trasero imponente pasó al lado suyo protestando a
los gritos, y desapareció en una sala dando un tremendo portazo.
Juan seguía elucubrando. —Bueno, pero yo no soy el único que tiene
pinta de croto. Si uno se pone a mirar a la gente. Aquel que está al lado
de la columna, aquellos sentados en la escalera. Los únicos que no
tienen pinta de croto, al final son los de guardapolvo blanco. Las diez menos cinco. Y yo que podía estar haciendo algo en casa. La
fábrica de bicicletas me pidió cuarenta pedales para fin de mes. Claro
que no los voy a poder hacer todos. Pero al menos, los pocos que haga
son unos pesos más que entran...
Juan, que vio cómo se llevaban a una mujer descompuesta, volvió a
sentirse mareado, le transpiraban las manos. Se sentía mal —en serio
que se sentía mal—. Para tranquilizarse se puso a releer la página de
deportes, artículo por artículo. Cuando terminó llevó maquinalmente la
vista hacia el gran reloj de la entrada. Las diez y trece minutos.
Juan veía todo como lejano y borroso. El murmullo apagado del hospital, el vaivén incesante de diarios y sombreros usados como abanicos,
la conversación de piso a piso y a los gritos entre dos enfermeras, el
paso olímpico y silencioso de algún médico, todo se perdía en medio de
esa niebla cálida que lo envolvía.
Dio un cabezazo como para disipar el sueño y siguió caminando por el
hall. Justo al pasar frente al espejo estaba bostezando y eso le dio risa.
—Qué pinta de croto— repitió entre dientes y se encaminó de nuevo al
consultorio del doctor Zabala Ruiz.
En la pared no había ni lugar para apoyarse y se quedó ahí parado,
mirándose los zapatos y contando por centésima vez los agujeritos del
labrado.
La mujer de Mataderos tenía al pibe dormidito en la falda y lo abanicaba con papel. ¡Pobre señora, los líos que debía tener en la casa! Sabía
que tenía otro hijo más chico, al que dejaba con una vecina, y que su
marido (metalúrgico o ferroviario, no se acuerda bien) llegaba a
mediodía con el tiempo contado para calentarse la comida y salir de
nuevo al trabajo.
Juan tiene ganas de hablarle, de consolarla —qué sé yo—, pero se
siente raro, como incapaz de decir y hacer cosas sensatas.
Un enfermero pasa golpeando las manos y grita: —¡Dejen el pasillo
libre, por favor!— Todos y Juan entre ellos se arriman lo más que
pueden contra la pared, durante unos segundos, hasta que el enfermero
se va.
Humillado. Esa es la palabra, se siente humillado.
Qué saben éstos todo lo que el tiempo significa para él, para esa señora,
para todos los que están allí esperando desde hace cuatro horas, achicados y humillados como él. A ver, ¿por qué hay que sacar número
antes de las ocho si el doctor aparece a las diez y media? A ver, ¿por
qué? ¿Por qué lo menosprecian así? ¿Por qué no entienden nada estos
tipos? ¿Por qué lo tutean? Eso, ¿por qué tutean los médicos a todo el
mundo como si estuvieran hablando con criaturas o con perritos? ¡Le
da una rabia cuando lo tutean!
¡Y este calor! ¿Por qué los médicos parecen todos limpios y fresquitos
como si recién salieran del baño, como si jamás hubieran tenido que
pasarse una mañana de pie frente a la puerta de un consultorio de
hospital, como si todos los problemas del mundo resbalaran impotentes
sobre sus biabas de gomina y sobre sus cuellos inmaculados?
¡Qué calor! Juan se da cuenta que está pensando pavadas. El hambre
quizás. O el calor. ¡Porque hace un calor! De pronto mira hacia el extremo del pasillo y ve que se acerca un
médico. No, por lo jovencito más bien parece un practicante. Es alto,
grueso, impecable. El guardapolvo pulcramente almidonado y aun
desprendido —es evidente que acaba de llegar— ondula con la gracia
de un peplo. Camina a pasitos cortos y mirándose los botones del puño
que se viene prendiendo con elegante negligencia. El cigarrillo que
cuelga de sus labios inunda el pasillo con un aroma nuevo y agradable.
Un Dios eso es lo que parece—, un Dios homérico, marchando
incontaminado y etéreo sobre las miserias de los mortales.
Ahora lo tiene de espaldas, ahí a dos pasos. Los pliegues del guardapolvo se mueven como invitándolo y Juan ya no sabe lo que hace...
Una patada. Una patada irreprochable se estampa una cuarta por
debajo del almidonado cinturón del médico. Una patada, no con la
punta del pie, no de puntín, digamos, sino con todo, con punta, planta y
talón, con todo el pie, con toda la rabia, con toda la humillación
juntada en esos meses de hospital, con todos los viajes desde
Mataderos de esa pobre mujer que lo mira asustada, con toda la fuerza
de su ser manoseado, empobrecido en esas esperas absurdas. Una
patada, en fin, de esas que sólo se ven en los sueños y en los dibujos de
las historietas: olímpica y perfecta.
El médico, rojo de asombro primero y luego de, santa indignación, se
levantó del suelo como para echársele encima.
Juan lo vio, percibió el remolinear de la gente en torno suyo, oyó una
voz pidiendo socorro y en cuatro zancadas se escurrió por el pasillo en
busca de la salida. Bajó de un salto los escalones de la puerta y a paso
rápido tomó por Pasteur.
El corazón le latía con fuerza. Al llegar a Córdoba y ver que nadie lo
seguía, disminuyó el ritmo de su marcha. Su taconeo resonaba nítido y
alegre por las veredas de los boliches que ahora lo saludaban como
viejos amigos.
En Lavalle se paró frente a un quiosco, en donde un viejito judío despachaba cigarrillos. —¿Me da un Particulares livianos, abuelo?
Y después, marcando su paso con un taconeo más canyengue que
nunca y silbando un tango audazmente desfigurado por trinos y
firuletes, se coló por la escalera del subte, rumbo a Villa Devoto.
Humberto Constantini
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Humberto Constantini,
La patada
martes, 1 de noviembre de 2011
Primer día
Sábanas blancas en un ropero
Sábanas rojas en un lecho
Un niño en la madre
El padre en el pasillo
El pasillo en la casa
La casa en la ciudad
La ciudad en la noche
La muerte en un grito
Y el niño en la vida
Jacques Prévert
Sábanas rojas en un lecho
Un niño en la madre
El padre en el pasillo
El pasillo en la casa
La casa en la ciudad
La ciudad en la noche
La muerte en un grito
Y el niño en la vida
Jacques Prévert
domingo, 10 de julio de 2011
Instrucciones para buscar aventuras
Se puede afirmar, sin temor a la indignación de los sabios, que en los tiempos que corren es cada vez más improbable tropezar con la aventura.
Lo imprevisto, lo extraño, lo misterioso, no sucede nunca.
Curiosamente, parecen existir muchísimas personas con espíritu aventurero. Todos los días conversa uno con señores que desean vivamente una vida más interesamte y un teatro de aconteciemientos más rico y más amplio.
Esta gente sale de su casa cada mañana esperando que algo ocurra y buscando, como decía Whitman, "algo pernicioso y temible, algo incompatible con una vida mezquina, algo desconocido, algo absorbente, desprendido de su anclaje y bogando en libertad".
Pero la búsqueda es siempre inútil y casi todos los hombres, en el ocaso de sus vidas, confiesan que no han vivido jamás una aventura.
¿Dónde están - se pregunta uno - las doncellas atormentadas por un gigante que desde la torre de algún castillo esperan nuestra intervención salvadora?
En ninguna parte. Ya no quedan gigantes, ni castillos, ni - mucho menos - doncellas.
La actual civilización parece pensada para evitar las aventuras. Porque en realidad la aventura es el riesgo. Y nadie quiere arriesgarse.
Siendo la seguridad un valor cuya admiración se promueve de continuo, es inevitable que la mayor parte del esfuerzo tecnológico que se realiza esté destinado a evitar sucesos imprevistos. Las cerraduras Yale, los despertadores, los semáforos, las píldoras anticonceptivas, las alarmas, los preservativos, los cierres de cremallera, las agendas, los paracaídas. Todos estos inventos alejan el sobresalto.
Naturalmente, siempre queda alguna grieta como para que se introduzca lo extraordinario. Pero no es suficiente. Para demostrarlo, vale la pena realizar una sencilla experiencia: pidamos a nuestros conocidos que refieran los hechos más curiosos que han vivido. Los resultados serán entre aburidos y penosos.
Alguien quedó encerrado en el ascensor durante una hora. Otro dice haber ganado un jarrón en una kermese. Un tercero obtuvo un boleto capicúa.
Se trata de aventuras miserables.
Los griegos pensaban que las cosas ocurrían sólo para que los hombres pudieran contarlas luego. Si esto es cierto, el futuro de nuestras conversaciones es poco prometedor. ¿Qué les contaremos a nuestros nietos? ¿Que una vez vimos un choque? ¿Que se nos reventó un sifón? Pobre será la épica que surja de estos modestos cataclismos.
El aventurero actual ha aprendido a contentarse con sombras de emoción. La televisión y el cine son sus melancólicos proveedores de asombro.
Chesterton había inventado una solución genial: la Agencia de Aventuras.
Era una empresa que atendía a los caballeros que experimentaban el deseo de una vida variada.
Mediante la satisfacción de una suma anual, el cliente se veía rodeado de acontecimientos fantásticos y sorprendentes provocados por la Agencia.
El hombre salía de su casa y se le acercaba un chino excitadísimo quien le aseguraba que existía un complot contra su vida. Si tomaba un coche, era conducido al Barrio del Invierno, donde cunden las riñas, los marineros egipcios y las mujeres peligrosas. Gracias a esta eficiente organización, el aventurero se veía obligado a saltar tapias, pelear con extraños o a huir de desconocidos perseguidores.
Pero la realidad, aún cuando ha sido capaz de depararnos empresas tan absurdas como las que investigan mercados o gestionan transferencias de automóviles, no nos ha brindado una Agencia de Aventuras.
¿Qué puede hacerse entonces?
Pues hay que actuar. No podemos pensar que las aventuras vendrán a nosotros. De nada sirve esperar lo imprevisto mirando vidrieras o sentados en el umbral. Es necesario que uno mismo provoque sucesos extraordinarios.
Para demostrar que esto es posible, abandonaremos las anchas avenidas de los Enunciados Generales para ingresar en el Laberinto de los Ejemplos Concretos. Para decirlo de una vez, nos proponemos impartir instrucciones precisas para vivir aventuras.
Aventura de la mujer rubia
Antes de comenzar a vivir este episodio, usted debe elegir a una mujer rubia. Desde luego, es preferible que sea hermosa. Y desconocida.
Una vez que usted se haya decidido por una rubia determinada, comience a seguirla. Pero, atención. No se trata de escoltarla durante un par de cuadras murmurándole frases ingeniosas. Hay que seguirla silenciosamente y en forma perpetua. Hasta su casa. Hasta su trabajo. Hasta donde fuere necesario.
Esto no debe interrumpirse jamás. Cada vez que ella entre en un edificio, usted deberá permanecer afuera esperando su salida.
No hay que disimular. La idea es que la mujer rubia advierta cabalmente que usted la está siguiendo. Esto la pondrá muy nerviosa y hasta es probable que llame al vigilante.
Pasarán días, semanas, y tal vez meses. Usted se convertirá en una sombra familiar y silencionsa. Si la mujer rubia tiene novio, no abandone la empresa. Después de todo, usted solamente quiere que algo ocurra. Y tarde o temprano algo ocurrirá.
Aventura del timbre que suena en la noche
Usted camina por una calle oscura. Son las cuatro de la mañana. Tal vez llueve. De pronto, frente a una casa cualquiera, usted resuelve tocar el timbre. Pasan los minutos. Usted vuelve a tocar. Un hombre consternado abre la puerta.
-¿Qué ocurre? - pregunta.
- Ando en busca de una aventura - contesta usted.
Aventura de la novia perdida
Un día usted resuelve encontrar a su Primera Novia.
Si usted ha tenido el descaro de casarrse con ella, es evidente que la cosa no constituye una aventura sino una fatalidad.
Pero supongamos que usted no la ve desde hace veinte años. No sabe qué ha sido de ella. Apenas recuerda su nombre y su cara ha tomado ya la forma de los sueños y el recuerdo.
Usted hace averiguacions. Indaga entre quienes la han conocido. Investiga en los lugares en los que ella trabajó o estudió. Recorre calles al acaso, cree reconocerla dos o tres veces. Alguien le pasa un dato cierto.
Mientras todo esto ocurre, usted se vuelve a enamorar de la Primera Novia y sueña todas las noches con ella, como solía hacer veinte años atrás.
Un día usted descubre su paradero. Sabe exactamente dónde encontrarla. Tiene la dirección, el número de su teléfono y conoce los horarios en que es apropiado llegar a ella.
Usted piensa que la aventura ya puede conmenzar, pero en realidad es aquí donde debe terminar.
Aventura del túnel que va a cualquier parte
Usted y un grupo de amigos aventureros comienzan a excavar un túnel en el fondo de una casa, que puede ser la suya.
La tarea deberá acometerse con el mayor vigor.
Durante la excavación se irán descubriendo objetos extraños, tales como huesos, cascotes, tapitas de cerveza, zapatillas fósiles y antiguos pozos ciegos.
El trabajo durará meses y meses. Durante ese lapso surgirá una deliciosa camaradería entre los integrantes del grupo. Es muy probable que todos sean despedidos de sus trabajos habituales, en razón de inasistencias, la impuntualidad y la suciedad, inevitables cuando un excava un túnel. Por las mismas razones, los que tuvieren novia serán abandonados.
Así las cosas, la única preocupación del grupo será cavar y cavar. Un día cualquiera, cuando el túnel ya tenga una extensión considerable, se comenzará a cavar hacia la superficie. Y aquí viene el momento fundamental de la aventura. ¿Dónde aparecerán los viajeros subterráneos? ¿En el hall de una casa habitada por señoritas solteras? ¿En una panadería? ¿En un convento?
Hay otras aventuras posibles: la del que se embarca en un carguero sueco, la del viaje subterráneo a través del arroyo Maldonado, la del que investiga a los mendigos para descubrir que son ricos, la del que se mete en el baño de damas, la del que se agacha a ver por qué no explota el cohete... Hay que elegir.
Salgamos de una vez. Salgamos a buscar camorra, a defender causas nobles, a recobrar tiempos olvidados, a despilfarrar lo que hemos ahorrado, a luchar por amores imposibles. A que nos peguen, a que nos derroten, a que nos traicionen.
Cualquier cosa es preferible a esa mediocridad eficiente, a esa miserable resignación que algunos llaman madurez.
Alejandro Dolina
Lo imprevisto, lo extraño, lo misterioso, no sucede nunca.
Curiosamente, parecen existir muchísimas personas con espíritu aventurero. Todos los días conversa uno con señores que desean vivamente una vida más interesamte y un teatro de aconteciemientos más rico y más amplio.
Esta gente sale de su casa cada mañana esperando que algo ocurra y buscando, como decía Whitman, "algo pernicioso y temible, algo incompatible con una vida mezquina, algo desconocido, algo absorbente, desprendido de su anclaje y bogando en libertad".
Pero la búsqueda es siempre inútil y casi todos los hombres, en el ocaso de sus vidas, confiesan que no han vivido jamás una aventura.
¿Dónde están - se pregunta uno - las doncellas atormentadas por un gigante que desde la torre de algún castillo esperan nuestra intervención salvadora?
En ninguna parte. Ya no quedan gigantes, ni castillos, ni - mucho menos - doncellas.
La actual civilización parece pensada para evitar las aventuras. Porque en realidad la aventura es el riesgo. Y nadie quiere arriesgarse.
Siendo la seguridad un valor cuya admiración se promueve de continuo, es inevitable que la mayor parte del esfuerzo tecnológico que se realiza esté destinado a evitar sucesos imprevistos. Las cerraduras Yale, los despertadores, los semáforos, las píldoras anticonceptivas, las alarmas, los preservativos, los cierres de cremallera, las agendas, los paracaídas. Todos estos inventos alejan el sobresalto.
Naturalmente, siempre queda alguna grieta como para que se introduzca lo extraordinario. Pero no es suficiente. Para demostrarlo, vale la pena realizar una sencilla experiencia: pidamos a nuestros conocidos que refieran los hechos más curiosos que han vivido. Los resultados serán entre aburidos y penosos.
Alguien quedó encerrado en el ascensor durante una hora. Otro dice haber ganado un jarrón en una kermese. Un tercero obtuvo un boleto capicúa.
Se trata de aventuras miserables.
Los griegos pensaban que las cosas ocurrían sólo para que los hombres pudieran contarlas luego. Si esto es cierto, el futuro de nuestras conversaciones es poco prometedor. ¿Qué les contaremos a nuestros nietos? ¿Que una vez vimos un choque? ¿Que se nos reventó un sifón? Pobre será la épica que surja de estos modestos cataclismos.
El aventurero actual ha aprendido a contentarse con sombras de emoción. La televisión y el cine son sus melancólicos proveedores de asombro.
Chesterton había inventado una solución genial: la Agencia de Aventuras.
Era una empresa que atendía a los caballeros que experimentaban el deseo de una vida variada.
Mediante la satisfacción de una suma anual, el cliente se veía rodeado de acontecimientos fantásticos y sorprendentes provocados por la Agencia.
El hombre salía de su casa y se le acercaba un chino excitadísimo quien le aseguraba que existía un complot contra su vida. Si tomaba un coche, era conducido al Barrio del Invierno, donde cunden las riñas, los marineros egipcios y las mujeres peligrosas. Gracias a esta eficiente organización, el aventurero se veía obligado a saltar tapias, pelear con extraños o a huir de desconocidos perseguidores.
Pero la realidad, aún cuando ha sido capaz de depararnos empresas tan absurdas como las que investigan mercados o gestionan transferencias de automóviles, no nos ha brindado una Agencia de Aventuras.
¿Qué puede hacerse entonces?
Pues hay que actuar. No podemos pensar que las aventuras vendrán a nosotros. De nada sirve esperar lo imprevisto mirando vidrieras o sentados en el umbral. Es necesario que uno mismo provoque sucesos extraordinarios.
Para demostrar que esto es posible, abandonaremos las anchas avenidas de los Enunciados Generales para ingresar en el Laberinto de los Ejemplos Concretos. Para decirlo de una vez, nos proponemos impartir instrucciones precisas para vivir aventuras.
Aventura de la mujer rubia
Antes de comenzar a vivir este episodio, usted debe elegir a una mujer rubia. Desde luego, es preferible que sea hermosa. Y desconocida.
Una vez que usted se haya decidido por una rubia determinada, comience a seguirla. Pero, atención. No se trata de escoltarla durante un par de cuadras murmurándole frases ingeniosas. Hay que seguirla silenciosamente y en forma perpetua. Hasta su casa. Hasta su trabajo. Hasta donde fuere necesario.
Esto no debe interrumpirse jamás. Cada vez que ella entre en un edificio, usted deberá permanecer afuera esperando su salida.
No hay que disimular. La idea es que la mujer rubia advierta cabalmente que usted la está siguiendo. Esto la pondrá muy nerviosa y hasta es probable que llame al vigilante.
Pasarán días, semanas, y tal vez meses. Usted se convertirá en una sombra familiar y silencionsa. Si la mujer rubia tiene novio, no abandone la empresa. Después de todo, usted solamente quiere que algo ocurra. Y tarde o temprano algo ocurrirá.
Aventura del timbre que suena en la noche
Usted camina por una calle oscura. Son las cuatro de la mañana. Tal vez llueve. De pronto, frente a una casa cualquiera, usted resuelve tocar el timbre. Pasan los minutos. Usted vuelve a tocar. Un hombre consternado abre la puerta.
-¿Qué ocurre? - pregunta.
- Ando en busca de una aventura - contesta usted.
Aventura de la novia perdida
Un día usted resuelve encontrar a su Primera Novia.
Si usted ha tenido el descaro de casarrse con ella, es evidente que la cosa no constituye una aventura sino una fatalidad.
Pero supongamos que usted no la ve desde hace veinte años. No sabe qué ha sido de ella. Apenas recuerda su nombre y su cara ha tomado ya la forma de los sueños y el recuerdo.
Usted hace averiguacions. Indaga entre quienes la han conocido. Investiga en los lugares en los que ella trabajó o estudió. Recorre calles al acaso, cree reconocerla dos o tres veces. Alguien le pasa un dato cierto.
Mientras todo esto ocurre, usted se vuelve a enamorar de la Primera Novia y sueña todas las noches con ella, como solía hacer veinte años atrás.
Un día usted descubre su paradero. Sabe exactamente dónde encontrarla. Tiene la dirección, el número de su teléfono y conoce los horarios en que es apropiado llegar a ella.
Usted piensa que la aventura ya puede conmenzar, pero en realidad es aquí donde debe terminar.
Aventura del túnel que va a cualquier parte
Usted y un grupo de amigos aventureros comienzan a excavar un túnel en el fondo de una casa, que puede ser la suya.
La tarea deberá acometerse con el mayor vigor.
Durante la excavación se irán descubriendo objetos extraños, tales como huesos, cascotes, tapitas de cerveza, zapatillas fósiles y antiguos pozos ciegos.
El trabajo durará meses y meses. Durante ese lapso surgirá una deliciosa camaradería entre los integrantes del grupo. Es muy probable que todos sean despedidos de sus trabajos habituales, en razón de inasistencias, la impuntualidad y la suciedad, inevitables cuando un excava un túnel. Por las mismas razones, los que tuvieren novia serán abandonados.
Así las cosas, la única preocupación del grupo será cavar y cavar. Un día cualquiera, cuando el túnel ya tenga una extensión considerable, se comenzará a cavar hacia la superficie. Y aquí viene el momento fundamental de la aventura. ¿Dónde aparecerán los viajeros subterráneos? ¿En el hall de una casa habitada por señoritas solteras? ¿En una panadería? ¿En un convento?
Hay otras aventuras posibles: la del que se embarca en un carguero sueco, la del viaje subterráneo a través del arroyo Maldonado, la del que investiga a los mendigos para descubrir que son ricos, la del que se mete en el baño de damas, la del que se agacha a ver por qué no explota el cohete... Hay que elegir.
Salgamos de una vez. Salgamos a buscar camorra, a defender causas nobles, a recobrar tiempos olvidados, a despilfarrar lo que hemos ahorrado, a luchar por amores imposibles. A que nos peguen, a que nos derroten, a que nos traicionen.
Cualquier cosa es preferible a esa mediocridad eficiente, a esa miserable resignación que algunos llaman madurez.
Alejandro Dolina
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Alejandro Dolina,
Insrtucciones para buscar aventuras
sábado, 2 de julio de 2011
Espantapájaros. Oliverio Girondo
Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me suicido.
Apenas se desvanece la musiquita que nos echó a perder los últimos momentos y cerramos los ojos para dormir la eternidad, empiezan las discusiones y las escenas de familia.
¡Qué desconocimiento de las formas! ¡Qué carencia absoluta de compostura!
¡Qué ignorancia de lo que es bien morir!
Ni un conventillo de calabreses malcasados, en plena catástrofe conyugal, daría una noción aproximada de las bataholas que se producen a cada instante.
Mientras algún vecino patalea dentro de su cajón, los de al lado se insultan como carreros, y al mismo tiempo que resuena un estruendo a mudanza, se oyen las carcajadas de los que habitan en la tumba de enfrente.
Cualquier cadáver se considera con el derecho de manifestar a gritos los deseos que había logrado reprimir durante toda su existencia de ciudadano, y no contento de enterarnos de sus mezquindades, de sus infamias, a los cinco minutos de hallarnos instalados en nuestro nicho, nos interioriza de lo que opinan sobre nosotros todos los habitantes del cementerio.
De nada sirve que nos tapemos las orejas. Los comentarios, las risitas irónicas, los cascotes que caen de no se sabe dónde, nos atormentan en tal forma los minutos del día y del insomnio, que nos dan ganas de suicidarnos nuevamente.
Aunque parezca mentira -esas humillaciones- ese continuo estruendo resulta mil veces preferibles a los momentos de calma y de silencio.
Por lo común, éstos sobrevienen con una brusquedad de síncope. De pronto, sin el menor indicio, caemos en el vacío. Imposible asirse a alguna cosa, encontrar una asperosidad a que aferrarse. La caída no tiene término. El silencio hace sonar su diapasón. La atmósfera se rarifica cada vez más, y el menor ruidito: una uña, un cartílago que se cae, la falange de un dedo que se desprende, retumba, se amplifica, choca y rebota en los obstáculos que encuentra, se amalgama con todos los ecos que persisten; y cuando parece que ya se va a extinguir, y cerramos los ojos despacito para que no se oiga ni el roce de nuestros párpados, resuena un nuevo ruido que nos espanta el sueño para siempre.
¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde no se puede vivir...!
Fuente: GIRONDO, OVERIO, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía. Calcomanías. Espantapájaros. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1966 (págs. 88-89)
Apenas se desvanece la musiquita que nos echó a perder los últimos momentos y cerramos los ojos para dormir la eternidad, empiezan las discusiones y las escenas de familia.
¡Qué desconocimiento de las formas! ¡Qué carencia absoluta de compostura!
¡Qué ignorancia de lo que es bien morir!
Ni un conventillo de calabreses malcasados, en plena catástrofe conyugal, daría una noción aproximada de las bataholas que se producen a cada instante.
Mientras algún vecino patalea dentro de su cajón, los de al lado se insultan como carreros, y al mismo tiempo que resuena un estruendo a mudanza, se oyen las carcajadas de los que habitan en la tumba de enfrente.
Cualquier cadáver se considera con el derecho de manifestar a gritos los deseos que había logrado reprimir durante toda su existencia de ciudadano, y no contento de enterarnos de sus mezquindades, de sus infamias, a los cinco minutos de hallarnos instalados en nuestro nicho, nos interioriza de lo que opinan sobre nosotros todos los habitantes del cementerio.
De nada sirve que nos tapemos las orejas. Los comentarios, las risitas irónicas, los cascotes que caen de no se sabe dónde, nos atormentan en tal forma los minutos del día y del insomnio, que nos dan ganas de suicidarnos nuevamente.
Aunque parezca mentira -esas humillaciones- ese continuo estruendo resulta mil veces preferibles a los momentos de calma y de silencio.
Por lo común, éstos sobrevienen con una brusquedad de síncope. De pronto, sin el menor indicio, caemos en el vacío. Imposible asirse a alguna cosa, encontrar una asperosidad a que aferrarse. La caída no tiene término. El silencio hace sonar su diapasón. La atmósfera se rarifica cada vez más, y el menor ruidito: una uña, un cartílago que se cae, la falange de un dedo que se desprende, retumba, se amplifica, choca y rebota en los obstáculos que encuentra, se amalgama con todos los ecos que persisten; y cuando parece que ya se va a extinguir, y cerramos los ojos despacito para que no se oiga ni el roce de nuestros párpados, resuena un nuevo ruido que nos espanta el sueño para siempre.
¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde no se puede vivir...!
Fuente: GIRONDO, OVERIO, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía. Calcomanías. Espantapájaros. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1966 (págs. 88-89)
PERDIDA Y RECUPERACIÓN DEL PELO - Julio Cortázar
Para luchar contra el pragmatismo y la horrible tendencia a la consecución de fines útiles, mi primo el mayor propugna el procedimiento de sacarse un buen pelo de la cabeza, hacerle un nudo en el medio, y dejarlo caer suavemente por el agujero del lavabo. Si este pelo se engancha en la rejilla que suele cundir en dichos agujeros, bastará abrir un poco la canilla para que se pierda de vista.
Sin malgastar un instante, hay que iniciar la tarea de recuperación del pelo. La primera operación se reduce a desmontar el sifón del lavabo para ver si el pelo se ha enganchado en alguna del las rugosidades del caño. Si no se lo encuentra, hay que poner en descubierto el tramo de caño que va del sifón a la cañería de desagüe principal. Es seguro que en esta parte aparecerán muchos pelos, y habrá que contar con la ayuda del resto de la familia para examinarlos uno a uno en busca del nudo. Si no aparece, se planteará el interesante problema de romper la cañería hasta la planta baja, pero esto significa un esfuerzo mayor, pues durante ocho o diez años habrá que trabajar en algún ministerio o casa de comercio para reunir el dinero que permita comprar los cuatro departamentos situados debajo del de mi primo el mayor, todo ello con la desventaja extraordinaria de que mientras se trabaja durante esos ocho o diez años no se podrá evitar la penosa sensación de que el pelo ya no está en la cañería, y que sólo por una remota casualidad permanece enganchado en alguna saliente herrumbrada del caño.
Llegará el día en que podamos romper los caños de todos los departamentos, y durante meses viviremos rodeados de palanganas y otros recipientes llenos de pelos mojados, así como de asistentes y mendigos a los que pagaremos generosamente para que lo busquen, separen, clasifiquen y nos traigan los pelos posibles a fin de alcanzar la deseada certidumbre. Si el pelo no aparece, entraremos en una etapa mucho más vaga y complicada, porque el tramo siguiente nos lleva a las cloacas mayores de la ciudad. Luego de comprar un traje especial, aprenderemos a deslizarnos por las alcantarillas a altas horas de la noche, armados de una linterna poderosa y una máscara de oxígeno, y exploraremos las galerías menores y mayores, ayudados si es posible por individuos del hampa con quienes habremos trabado relación y a los que tendremos que dar gran parte del dinero que de día ganamos en un ministerio o casa de comercio.
Con mucha frecuencia tendremos la impresión de haber llegado al término de la tarea, porque encontraremos (o nos traerán) pelos semejantes al que buscamos; pero como no se sabe de ningún caso en que un pelo tenga un nudo en el medio sin intervención de mano humana, acabaremos casi siempre por comprobar que el nudo en cuestión es un simple engrosamiento del calibre del pelo (aunque tampoco sabemos de ningún caso parecido) o un depósito de algún silicato u óxido cualquiera producido por una larga permanencia contra una superficie húmeda. Es probable que avancemos así por diversos tramos de cañerías menores y mayores, hasta llegar a ese sitio donde ya nadie se decidiría a penetrar: el caño maestro enfilado en dirección al río, la reunión torrentosa de los detritus en la que ningún dinero, ninguna barca, ningún soborno nos permitirán continuar la búsqueda.
Pero antes de eso, y quizá mucho antes, por ejemplo a pocos centímetros de la boca del lavabo, a la altura del departamento del segundo piso, o en la primera cañería subterránea, puede suceder que encontremos el pelo. Basta pensar en la alegría que eso nos produciría, en el asombrado cálculo de los esfuerzos ahorrados por pura buena suerte, para justificar, para escoger, para exigir prácticamente una tarea semejante, que todo maestro consciente debería aconsejar a sus alumnos desde la más tierna infancia, en vez de secarles el alma con la regla de tres compuesta o las tristezas de Cancha Rayada.
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Cortázar,
Pérdida y Recuperación del Pelo
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